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Subconsciente y literatura

SUEÑOS E INSPIRACIÓN EL PODER DEL SUBCONSCIENTE.

“Y mientras yo flotaba

en el vaporoso vuelo de un jilguero,

las palabras brotaban de mi alma

como un sueño de flor” 

J.R.

¿COMPONER SOÑANDO?

¿SE PUEDEN DESARROLLAR TAREAS EN ESTADO DE INCONSCIENCIA?

La respuesta a estos interrogantes parece positiva, al menos si lo juzgo por mi propia experiencia. La calidad y complejidad de la memoria de un ordenador depende de su programación y en los más avanzados, incluso de su propia experiencia. El cerebro funciona de un modo similar. Podemos crear cosas con nuestra mente inconsciente, sólo en las medida de nuestras propias capacidades y experiencias previas.

Recuerdo que cuando tenía unos veinte años, me acosté obsesionado por resolver un problema de “mates” que debía entregar al día siguiente. Apenas tenía cuatro horas para dormir y pasé al menos dos pensando en su resolución. Y lo resolví, sí, lo resolví, lo que me permitió dormir un rato con la sensación del deber cumplido. Por la mañana, expectante, comprobé los datos de mi aparente solución que, obsesivamente, había mantenido en mi memoria, no eran correctos, pues se basaban en premisas falsas. La resolución del problema era para mí un alivio emocional, pero mi capacidad matemática para resolverlo era insuficiente, ¿cómo iba a resolver un problema en estado casi inconsciente, si mi mente carecía de conocimientos para hacerlo de forma consciente?

¿SE PUEDE RECORDAR LOS SUEÑOS?

Siempre he sido consciente en mis sueños de que estoy soñando, lo que me permite, hasta cierto punto, maniobrar si le encuentro algún tipo de interés. Cuando tengo un sueño desagradable, por ejemplo, que me han robado el móvil, el coche o algo similar, me deprimo un poco pero al final me digo: “bueno, esto es un sueño, Julián, te despiertas y se acabó el problema” y de ese modo intento reiniciar mi sueño sin su aspecto negativo, cosa que casi nunca es posible.

Si sueño que puedo volar (no, no vuelo como un pájaro, sino de pie, como venciendo la gravedad al andar y dando un paso cuyo paso siguiente ya no tiene lugar, pues me elevo suavemente, no sin ejercer un esfuerzo hacia arriba), lo hago como una forma de demostrarle a la gente que la gravedad para mí no es un problema pero, curiosamente, no causa sorpresa ni admiración alguna en los presentes, cosa que me molesta un poco. ¿Y por qué no se sorprenden y me admiran?, pues simplemente porque esa experiencia no ha sido vivida jamás por mí, esa previsible reacción de admiración o al menos de sorpresa causada en los demás, no ha sido grabada nunca en mi conciencia.

Como nadie admira mi proeza, decido pronto que las alturas son peligrosas (hay postes, cables, torres, etc.) y por consiguiente me dispongo a bajar al suelo. Al descender, puede ocurrir que esté haciéndolo sobre una línea de alta tensión o simplemente sobre una pared acabada en flechas de acero. Dado que mi destreza de vuelo es relativamente débil, puede suceder que caiga en cualquiera de estos lugares, pero hay problema, no puedo matarme porque esa experiencia no la he vivido jamás, eso tampoco está grabado en mi conciencia. Además no ignoro que estoy volando, pero que siempre tengo las riendas de mi realidad, soy conscientes de que estoy en un sueño y en caso de apuro, tengo la opción de decirme: “Julián, esto es un sueño, despierta, que este final no tiene buena pinta”. Y esa posibilidad, al menos en lo que a mí se refiere, sí está grabada en mi conciencia, forma parte evidente de mi experiencia vivida, del acervo de emociones grabadas en mi memoria.

Concluyendo, yo tengo la posibilidad de recordar los sueños (probablemente no en el sueño profundo, solo en la fase REM), lo que me permite memorizar la acción que se está realizando en mi sueño con la conciencia plena de que una vez recordada dicha acción puedo decidir levantarme y relatarla, de forma oral o de un breve resumen escrito.

¿HASTA DONDE SE PUEDE LLEGAR? ¿ES ESTA UNA CUALIDAD COMÚN?

He vivido a lo largo de mi vida varias experiencias. En una de ellas, yo estaba con mi esposa y mis hijos en un mercado medieval. Este sueño se repetía con cierta frecuencia, y puedo posicionarme en el lugar preciso en que se encontraba en una zona de Zaragoza, recientemente construida, donde pudo incluso existir la posibilidad real de ese mercadillo. Se trataba de un lugar de ocio, pero en una época pretérita, siglos XIII al XV, y había por lo tanto juglares cuya finalidad era entretener a la gente con sus versos a cambio de una monedas. Yo estaba escuchando con mi familia al trovador. Este cantaba una balada triste en la que describía sus amores (bueno, los poetas cantamos casi siempre la pérdida de nuestros amores, pues lo frecuente es que nos abandonen en el momento en que descubren que solo somos palabras), y su tristeza y buena música de cítara me hizo estremecer. Yo todavía era un profano en este dominio y simplemente decidí despertarme para poder copiar unos versos que me parecían interesantes. Dado que no hice un ejercicio previo de memorización, recordé solo dos estrofas del romance, probablemente un tercio del poema. Este romance realizado en versos octosílabos he debido extraviarlo, aunque todavía recuerdo la tonadilla final: “Lo que ocurre es que tengo / detenido el reloj…” 

Hace apenas un año, mientras redactaba los primeros capítulos de mi novela “prima”, El sueño de Vara, tuve otra experiencia de creación literaria vivida desde un sueño. Vara, mi pequeña y dulce serpiente protagonista, tenía plena libertad para decidir cuál era su destino, pues mi novela no partía de un esquema previo en que se decidiese la acción. Un día soñé que Vara había tomado una decisión contraria al proyecto general de mi novela. Se trata de una novela donde la naturaleza y la flora son protagonistas, y Vara se acababa de introducir en un templo masónico, lo que no parecía tener excesiva relación con el motivo central de mi relato. Una vez más mientras soñaba dicha peripecia, analicé mi sueño y me pareció interesante como parte de la historia contada, de manera que lo recreé en mi mente antes de despertar y, a continuación, decidí levantarme y hacer un esquema previo aproximado del sueño. Confieso que integrar esta peripecia en mi novela en curso, supuso un enorme esfuerzo para mí, pero el resultado fue muy alentador, tanto que a partir de su redacción ya no podía imaginar a Vara sin este bagaje de experiencia enriquecedora. Una vez más, este sueño era posible por ser yo un buen conocedor de todo lo que sucedía en el templo. Mi sueño se movía en el terreno de los hechos vividos.

¿ES NUESTRO POEMA DEL 30 DE JUNIO DEL 2020, 4:40 H, UN CASO MÁS?

La respuesta es no. Todo parece indicar que mi facilidad para conservar ciertos sueños (¿sueños en estado REM?) se está acrecentando, pues el caso que nos ocupa tiene una dimensión especial, no sólo por la cantidad conservada de datos, sino por la calidad de los mismos.

Debo aclarar , por si algún estudioso del tema se acercara a leer estas sencillas palabras, que no pretendo en absoluto dar lecciones de nada, sino simplemente explicar cómo se producen en mí estos fenómenos de composición poética o, simplemente, creación literaria (he recuperado también sueños de ficción en prosa, no puedo citarlos todos) Mi último sueño se produjo en una noche tranquila, como las demás, en las que mi descanso habitual de hombre solitario era placentero, ausente de pesadillas, tal vez porque siempre he disfrutado de una conciencia tranquila, del deseo inequívoco de hacer felices a mis semejantes.

En la madrugada del último sueño recuperado, mi mente estaba componiendo, estaba en plena actividad creadora. Recuerdo que mi lucidez poética era asombrosa, aunque mis pretensiones eran muy modestas: escribir un poema de doscientos ochenta caracteres para publicar en Twitter en la mañana siguiente. Mi estado era de semi-inconsciencia, me sentía cómodo, muy relajado. De repente mi cerebro esbozó un verso inconcluso, “Había una vez…”, y la poquita conciencia que me habitaba quedó algo defraudada, pues todo parecía indicar que mi cerebro trataba de conducirme por el camino de un relato corto, tal vez de un cuento infantil, tema en el que muchas veces he intentado penetrar. Lo nuevo – o casi, ya había algún precedente en días anteriores – es que no decidí continuar soñando y posteriormente memorizar mi sueño en lo posible para luego decidir despertar y poder escribirlo, sino que decidí tomar mi grabadora, siempre a mano, y ponerla en marcha para hacer el registro directo de lo que mi mente ¿inconsciente? transmitía a mi boca. No tardó en surgir el primer verso, “Había una vez un suspiro…”, que ya parecía introducirme en un poema, creía estar redactando  lo que había ocupado mi interés antes de dormirme, el citado poemita para publicar en mi cuenta al día siguiente. Grababa el verso que me venía a la boca y paraba, alguna vez omití detenerlo, tal vez previendo que el verso siguiente vendría de inmediato, lo que dejó algún vacío en mi grabadora, y así hasta llegar al último verso que no era un final, sino el final de lo almacenado en mi pre-conciencia. Algo me decía que aquello podía continuar, pero hacerlo me parecía excesivamente angustioso. Sentía el deseo de acabar y de entregarme a un sueño profundo, reparador…

 La grabación, debió durar unos 15-20 minutos, tal vez más, no lo sé, lo que equivale a decir que escribí mi poema a razón de unos 30 segundos por verso, un derroche de imaginación y creatividad, en la que mi única participación activa fue grabar los versos en un estado similar a un sueño delgado, relajante. Mi mente consciente no participaba en la fiesta creativa. Los versos salían de mi boca limpios, sin esfuerzo alguno, sin manipulación semántica, en tanto que yo permanecía expectante. La grabación, recortada de espacios de silencio, apenas supera los tres minutos. En cuanto decidí acabar (me parecía una redacción muy dolorosa; disfrutaba por la creatividad, pero al mismo tiempo sufría y sentía necesidad de terminar, pese a que sabía que el poema estaba inconcluso), cerré la grabadora y me sumí en el sueño profundo anhelado, casi sin transición, pero con el sentimiento de haber grabado algo en lo que mi conciencia no había tomado parte en absoluto.

Confieso tener cierta facilidad para escribir poemas, medidos o en verso libre, pero de ningún modo a esa velocidad de redacción. ¿Puede el inconsciente escribir versos correctos, pulcros, con una exactitud métrica y gramatical casi increíble, a superior velocidad que nuestra mente consciente?. Esta es una pregunta que dejo para los especialistas en el tema (investigadores de la mente, psicólogos, siquiatras (odio a estos últimos), o estudiosos del comportamiento o de la personalidad, pero lo cierto es que la corrección de los versos producidos de esta manera era asombrosa en todos los sentidos: los treinta y siete versos generados eran octosílabos métricamente perfectos; el vocabulario era extraordinariamente variado y muy adecuado a las figuras de los versos; había algunas repeticiones de términos que en varios caso hemos corregido, pero el poema podría considerarse válido sin corrección alguna;  la recitación al tiempo que surgían los versos era adecuada (era la nuestra), si bien se deja notar ese estado de semi-vigilia; se mantiene un tono único a los largo de la redacción, pero resulta duro y doloroso, es como si estuviéramos expulsando los demonios por la boca. Todo esto lo podéis observar en la escucha de la grabación del sueño que os ofrezco sin manipulación alguna.

¿EL POEMA ES REFLEJO NUESTRO?

Sin duda. Lo que parece evidente es que la potencia del recurso, de nuestro subconsciente, depende de nuestra programación previa: los versos son métricamente perfectos porque esta capacidad forma parte de nuestra mente consciente;  la riqueza del vocabulario es nuestra; la corrección de las figuras poéticas es un valor nuestro, etc… No se pueden generar resultados válidos con una programación mental previa insuficiente. Y esto lo decimos por una experiencia de muchos años de supervisión de nuestros sueños.

¿Y las repeticiones de palabras? La repeticiones solo indican que el proceso no es perfecto, que se produce de forma automática y es susceptible de fallos, del mismo modo que muchos conductores tenemos la experiencia de haber echado una breve cabezadita mientras conducimos por la autopista. Cuando hemos tomado conciencia, por el aviso de otro conductor o por el ruido de la zona rayada del arcén, nos hemos quedado aterrorizados, probablemente estábamos conduciendo de forma casi correcta en estado de semi-vigilia, pero sabemos que eso es causa de multitud de accidentes graves, no es una conducción vigilante y segura.

Cuando al despertar del día 1 de julio del 2020 (el poema se escribió entre las cuatro y las cuatro y treinta, aproximadamente), nos pusimos a la tarea de transcribir nuestra grabación a texto, nos quedamos sorprendidos (maravillados, quizás sería un término más preciso) de la extensión del poema contenido en la grabación, 37 versos, pero todavía nos sorprendió más la calidad de los mismos, su aparente elaboración, pues el poema podría haber sido publicado sin ninguna manipulación previa, su calidad no estaba por debajo de la calidad media que puede leerse en las redes. Aun así, en el cuadro de abajo os ofrezco la versión grabada frente a la corregida, aun sin pretender  ser mejor que nuestra mente inconsciente, ¡qué más quisiéramos!

Grabación en audio del poema

VERSIÓN LITERAL GRABADA EN AUDIO

Había una vez un suspiro
hecho de un sueño de agua.
 
Había un suspiro de luna
unos labios de mujer
hechos de sueño y de pluma.
 
Había un pajarillo herido,
un cielo roto y esquivo.
 
Había una mancha de aceite
que narraba con deleite
que era hija de un olivo.
 
Había noches solitarias,
días que morían conmigo
en la jornada diaria.
 
Había un sol que se callaba
¡tantas cosas, tantos duelos,
tantos amores soñados
tantos vuelos derrotados
al estrellarse en el suelo…!
 
Había un mantito de flores,
había un geranio de sangre
que narraba sus desdichas
en medio de tantas flores.
 
Había un beso de guitarra
una tristeza profunda
como un canto de cigarra.
 
Había dolores de viento,
gargantas, noches gastadas
en un silencio violento
donde no quedaba nada,
donde todo parecía
arrastrado por el viento.
 
Había esquinas de tristeza
silencios, silencios fieros,
la soledad de un jilguero
muerto de tanta inocencia.
 
Había una herida sangrante
nardos tintados de duelo  (fin, 37 versos)

VERSIÓN CORREGIDA SEGÚN MI CRITERIO

Había una vez un suspiro
hecho de un sueño de agua.
 
Había un incendio de luna
unos labios de mujer
trazas de ensueño y de bruma.
 
Había un pajarillo herido,
un cielo roto y esquivo.
 
Había una mancha de aceite
que contaba con deleite
que era hija de un olivo.
 
Había noches solitarias,
días que morían conmigo
en la jornada diaria.
 
Había un sol que se callaba
¡tantas cosas, tantos duelos,
tantos amores soñados
tantos vuelos derrotados
al estrellarse en el suelo…!
 
Había un mantito de flores,
había un geranio de sangre
que narraba las desdichas
de sus tristes desamores
 
Había un llanto de guitarra
una tristeza profunda
como un canto de cigarra.
 
Había dolores de bruma,
gargantas, noches gastadas
en un silencio violento
donde no quedaba nada,
donde todo parecía
arrasado por el viento.
 
Había esquinas de tristeza
silencios, silencios fieros,
la soledad de un jilguero
muerto de tanta inocencia.
 
Había una herida sangrante
nardos tintados de duelo
en un sueño delirante,
sin paz, sin luz, sin consuelo.  (fin, 39 versos)

© 2020 Julián Resquicio / todos los derechos reservados / contodoycontado.com


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