La soledad por dentro

La soledad por dentro

Este relato forma parte de los trabajos ya escritos para mi próxima novela. Toda su trama es inventada, pero por las opiniones vertidas por amigos y amigas, puedo deciros que todos y todas reconocieron ver algo autobiográfico en el relato. La radiografía de este hombre que nos habla de su tormentosa experiencia de amor, no es algo extraño ni excepcional. La desigual visión de las cosas cuando formamos una pareja con alguien, puede desembocar en situaciones tan tristes como la que nos cuenta nuestro incógnito protagonista.

El amor es como un río que desemboca en un lago. El río siempre continuará fluyendo a través de los tiempos, pero si su cauce se ralentiza en exceso, las aguas del lago pueden llegar a la descomposición, incluso a la putridez.

Este es su relato

“Querida Palmira, te escribo porque tengo necesidad de decir las cosas para no ahogarme por dentro. Todos los días pienso que todo sufrimiento tiene un límite, que algún día tocaré suelo y podré impulsarme nuevamente hasta la superficie, hacia esa superficie anhelada de la felicidad a tu lado, de la felicidad con minúscula si tú quieres, pero felicidad al fin, de la amistad cómplice, de la paz interior, pero el tiempo no parece querer darme la razón. Son ya casi 25 años, ¡media vida!, los que llevo sumergido en esta enorme vorágine de tristeza y de soledad interior. Tenía 45 años cuando todo esto comenzó. Hasta ese momento todo me había pasado desapercibido. Las deudas, el trabajo y en definitiva el compromiso de mejorar la vida de mi familia a la que adoraba no me permitían percatarme de que algo ya no funcionaba bien entre nosotros, o ¿acaso no funcionó jamás para ti?. Un día salí a fotografiar violetas a las estribaciones del Pirineo de Huesca, al tiempo que intentaba mitigar mis ansias de nicotina, acababa de dejar de fumar. Cuando regresé a casa, los niños jugaban pintarrajeando las fotos de nuestro álbum de boda. Aquello me produjo una gran tristeza, ¿Cómo se atrevían mis propios hijos a jugar con lo que representaba tanto para mí? Les arranqué de las manos un puñado de fotos que todavía conservo. No, no se trataba de las fotos. Tú sabes bien que soy poco amigo de las fotos de familia. Los niños no estaban pintarrajeando las fotos de nuestra boda, estaban pintarrajeando mi felicidad, mi ingenuidad, mis sentimientos más puros, nuestra felicidad futura si es que esta había existido alguna vez.

La carencia de nicotina y este hecho que te acabo de contar me sumergieron en una fuerte depresión. Todos los esquemas de mi mundo, ese estereotipo de familia casi bíblico y del que tú, bastante más realista, jamás habías formado parte, se me venía abajo de repente. Entonces comprendí que nunca había habido un “nosotros” entre tú y yo y observé que esta palabra, la palabra del amor y del compromiso por excelencia, jamás había formado parte del acervo de tu vocabulario. Fue así como comencé a darme cuenta no solamente de que te había perdido, sino incluso de que nunca me habías pertenecido, de que solo con un poco de amor, con unas briznas de ternura de tanto en cuanto, no es suficiente.   

Tu familia se componía de tú y tus hijos y en el otro extremo estaba yo, ese extraño con el que nunca debías haberte casado, ese hombre que para ti no era ejemplo de nada para guiar la salud mental e intelectual de tus hijos, por el que nunca habías apostado y al que jamás has conocido porque de haberme conocido, Palmira, probablemente me habrías amado, me habrías comprendido y hasta me habrías dejado ejercer mis compromisos de padre y mi ternura de esposo.

Yo no soy así Palmira, ahora yo no me muestro ante ti tal y como soy, simplemente he aprendido a ser cómo tú, como creo que eres tú, como creo que tú lo deseabas. Para verme de verdad, en mi interior más desnudo, debes ver a tu hijo menor, Andrés. Andrés es exactamente como yo, aunque ya sé que nunca lo admitirás, tu hijo es afectivamente como yo. Y, en cierto modo, nuestro “extraviado” Joel también comparte esta forma afectiva de ser. La diferencia entre Joel y Andrés es que Joel se ha cubierto de una pátina de indiferencia con la que intenta disfrazar su ternura. A mí me sucede lo mismo que a Joel, mi ternura está, ha estado siempre, dentro de mí, muy honda, con mucho miedo a surgir de forma espontánea porque no sabe dónde puede verterse. Jorge y Juliana, Juliana especialmente, comparten más tu realismo sin fisuras, tu inseguridad en ti misma, tu capacidad para ignorar a la gente que más te ama.

Siempre he pensado, Palmira, que el desencadenante de todo esto fue mi viaje a Chile, o no, no lo sé, porque tampoco he comprendido jamás qué sucedió en al viaje anterior a Venecia en el que yo flotaba de ternura a tu lado y sin embargo recuerdo que sufrí lo indecible, simplemente porque veía que tú no eras feliz. Recuerdo que te mostrabas con frialdad, sin que reflejaras el más mínimo síntoma de ternura hacia mí. Recuerdo que estallé en lágrimas en la habitación del hotel y pese a que a ti no te gustan los hombres que lloran (¡pobre de mí, llorando por amor!), se creó entre nosotros un poquito de afinidad, afinidad forzada por tu parte pienso ahora con tantos años de proyección, pero afinidad al fin, algo bastante parecido al amor, a la ternura, a la amistad.

Palmira, cuando dejé de fumar lo pasé francamente mal, no puedes imaginar hasta qué extremo, pues tú lo viviste en la distancia y en la indiferencia. La depresión es como mi pena, un pozo hondo, muy hondo en el que desciendes y desciendes sin encontrar ese suelo firme en el finalmente  acabar con tus sufrimientos. Por eso muchos depresivos agudos acaban suicidándose, precipitando la llegada a ese suelo anhelado. Un día fui al Dr. Ajenjo a decirle lo que me sucedía, sus precedentes emocionales y casi acabamos llorando los dos, siempre agradeceré su enorme empatía, aunque ya no pueda agradecérselo en vida. Al día siguiente visité al siquiatra, quien después de hacerme esperar más de una hora en una triste sala, se limitó a extender una caja de antidepresivos y a decirme que si en un mes de tratamiento no me encontraba mejor que volviese a su consulta. Jamás volví. Desde entonces odio a los siquiatras y a sus secuaces de segundo orden, los psicólogos. Tomé sólo algunas píldoras y abandoné el tratamiento. Todo mi mundo de valores, mis aficiones, mis deseos de prosperar, se vinieron abajo de repente. ¿Para qué fotografiar violetas en el campo?; ¿para qué, para quién, escribir un artículo, un poema?; ¿para qué dar una clases …?. Por suerte había todavía un recurso al que pude acudir, los libros sobre estos temas (¡ellos eran mi mundo, ya lo sabes!), libros que me enseñaron a resistir y a conocer a un depresivo sólo con verle, sólo con oírle unas palabras. Los libros han sido siempre ese amigo inequívoco al que he podido entregarme en los peores momentos de mi vida.

Mi problema no pasó desapercibido para la gente que me apreciaba, ninguno de ellos, Palmira, era de tu familia ni de la mía. Yo necesitaba pensar que tu indiferencia por mi proceso era una forma implícita de apoyo, ya que nunca se debe compadecer a un depresivo, pero luego me he dado cuenta que de no se trataba de tal apoyo sino, simplemente, de indiferencia, de falta de empatía, porque la empatía es amor. ¡Cuánto bien me habría causado en aquellos momentos un gesto tuyo de cariño, una caricia, un signo de apoyo, de compresión, ¡sólo de comprensión!. Pero en ti todo eso estaba ya muerto. Yo me moría de amor por ti, soñaba con besarte, con abrazarte, con tocarte, con decirte palabras de ternura, pero me di cuenta de que tu amor, suponiendo que hubiera existido alguna vez, era ya algo muy distante, algo que había muerto unos años (¿cuántos años?) antes cuando te quitaste el anillo de compromiso y disfrutabas viendo cómo tus hijos hacían garabatos sobre las fotografías de nuestra boda.

Durante estos veinticinco años, tal vez veintiocho, no lo sé, he mantenido siempre un amor encendido por ti, mi mujer, la única mujer de mi vida. Siempre he mantenido la esperanza de que todo acabaría bien, de que finalmente las aguas turbulentas del desamor que te impregnaban volverían a su cauce y podríamos ser felices juntos, compartir unidos lo que nos quede de vida, en armonía, con ese afecto que sólo se reconoce en las personas que se aman. Pero ya he visto que es demasiado tarde, que algo se rompió hace ya muchos años, tal vez antes de que nos casásemos, algo que te impide mostrar un ápice de ternura hacia mí, por razones que nunca he podido comprender, aunque estoy seguro de que tendrás tus razones y hasta puede que sean justas.

Ahora ya sé que nunca seré feliz a tu lado, que nunca podré ser yo, que no deseo pasar los pocos años que me queden de vida al lado de una mujer de la que llevo veinticinco años anhelando un roce de cariño, un beso furtivo, una palabra de ánimo cuando estoy hundido en una grave enfermedad. Veinticinco años suspirando por una reconciliación auténtica, sincera, sin vencedores ni vencidos que me permita seguir junto a ti. Veinticinco años envidiando a esas parejas que van unidas del brazo, a esas mujeres que apoyan su mano suavemente sobre el hombro, sobre el cabello de su marido, a esas parejas que comparten su amor con sus hijos, con sus familiares, con sus amigos porque el amor fluye abundante de su identidad de pareja, porque tienen necesidad de desbordar su amor en los demás.”


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