El sueño de Vara

El Sueño de Vara,
¿dónde están las personas?

Los sueños y el deseo (FRAGMENTO CAP. IX)  

Pero ¿y las personas? ¿Dónde estaban las personas? Vara recorrió el pasillo olfateando el sutil efluvio de lo humano, esa fragancia que ella había almacenado de los hombres en su primer contacto de proximidad, en su enigmático ¿sueño? del templo, pero no halló nada con lo que poder cotejarlo. Los hombres, ese perfume negro de misterio y tristeza que tanto la había seducido, esos seres juguetones y algo violentos, esos seres extraños que se escondían en lugares ignotos, no identificados, en el límite de la ensoñación, donde ella se introdujo sin saber muy bien cómo, casi sin sospecharlo.

El olor algo desagradable de la piel húmeda de un perrucho, la situó de nuevo en el instante. Era pequeño y peludo y dormía plácidamente junto a la pared del pasillo, apoyada su cabeza sobre las patas delanteras. Vara se deslizó sutilmente por su lado, casi rozando su trasero, pero apenas se inmutó, no tenía necesidad de hacer vigilancia dentro de la casa, por eso le era permitido estar allí.

El pasillo no era largo, las dimensiones de la vivienda no daban de sí para ello. Una puerta entreabierta al fondo del mismo dejaba percibir señales de vida. Vara se aproximó. Una luz amarillenta, probablemente de una bombilla de tungsteno de no más de cuarenta vatios, inundaba el habitáculo. Algunos gritos de niños, de los que Vara intuyó una aparente disputa por una cuchara; una conversación discreta y en voz baja de los padres, casi un susurro que le era imperceptible, hablando de cosas que probablemente los niños no debían oír; tal vez de su intimidad, puede que de la pobreza del valle, de las miserias que condicionaban sus vidas sin vislumbrar ningún atisbo de prosperidad con el que arropar a sus hijos. Vara no podía saberlo, pero en parte lo intuía por sus gestos, por los mohines de la mujer, por las expresiones desabridas y los gestos del granjero. Esta escena de vida le pareció a Vara más hermosa que su anterior experiencia del templo de los juegos. Aquí se trataba de la vida familiar, de la verdadera vida, de aquello que a ella misma le era tan añorado. Aquellos seres no estaban jugando, tampoco estaban disfrazados, aquello era un tránsito tranquilo, algo monótono y repetitivo, quizás triste, pero a su vez poético, aquello era la vida misma, la vida de los hombres.

Vara abandonó la casa fascinada. Ninguno de los animales se inmutó al verla salir, como si no la percibiesen. Mientras lo hacía grabó todo en su memoria: los actos, las impresiones, los silencios, los sonidos, los colores, los perfumes… Al pasar nuevamente junto la rosa que ocupaba el centro del patio, esta volvió a sonreírle, pero esta vez lo hizo con desdén, como reprochándole el escaso interés que esta había prestado a su belleza.


Vara, arte de Fj-Zamann
Vara, ilustración de Fj-Zamann

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